
Se está produciendo una revolución silenciosa: la del tiempo. No es un cambio que aparezca cada día en los titulares, pero está reescribiendo las reglas de juego de familias, empresas e instituciones. Vivimos más y, en muchos casos, mejor. Eso nos da más margen para aprender, conectar, contribuir y disfrutar de la vida. Pero también nos obliga a revisar supuestos que hemos mantenido durante generaciones. El modelo tradicional —formarse, trabajar y después jubilarse— ya no encaja del todo con la realidad que tenemos delante. La jubilación se está redefiniendo como una etapa de la vida que puede extenderse durante treinta años o más. Por esa razón, la planificación y la preparación son más importantes que nunca.
Ahora bien, estar preparado para la jubilación no es únicamente tener ahorros y confiar en una pensión pública. Prepararse es poder decir, con cierta tranquilidad, que el dinero durará y que se podrá sostener un estilo de vida activo y conectado. Cuando la dimensión financiera transmite seguridad, resulta más fácil sostener otros pilares del bienestar: la salud, el equilibrio emocional o la conexión social. En el fondo, la planificación financiera no solo compra consumo futuro; compra margen de maniobra, serenidad y capacidad de elegir.
Ante el reto de vivir más años, además de trabajar más tiempo, existen dos palancas evidentes para mitigar los riesgos de longevidad: ahorrar más e invertir mejor para optimizar los activos de jubilación. El aumento de la esperanza de vida incrementa un riesgo muy concreto: el de vivir más que nuestros ahorros. Y, al mismo tiempo, recae sobre el individuo una mayor carga financiera a la hora de construir ese colchón. Aquí conviene subrayar un punto clave: la forma en la que acumulamos patrimonio durante la vida laboral condiciona, de manera decisiva, las opciones que tendremos después en la fase de disposición del patrimonio. Y, a la inversa, cómo imaginamos esa etapa debe influir en cómo ahorramos e invertimos hoy. Acumulación y desacumulación son dos caras de la misma moneda.
¿Cuánto debería ahorrar?
Durante la vida laboral, es tentador fijarse un objetivo monetario para la cartera de jubilación: “Quiero llegar a un millón”, por ejemplo. El problema es que el riesgo de longevidad explica por qué esa cifra, por sí sola, puede resultar engañosa. ¿Qué ocurre si la inflación erosiona el poder adquisitivo, si los mercados atraviesan ciclos adversos o si los tipos de interés son bajos justo cuando nos jubilamos —o durante la jubilación— y la renta mensual esperada no llega?
Por eso, las dos preguntas útiles no son únicamente cuánto, sino cómo ahorrar incorporando esos riesgos y cómo disponer de la cartera cuando llegue el momento. La clave no es el número absoluto, sino la renta que el patrimonio puede sostener durante toda la jubilación. Enmarcarlo así conecta el esfuerzo de hoy con la vida real de mañana.
¿Cómo puedo invertir para la jubilación cuando hay tantas incertidumbres?
Si hay una palabra que define bien la jubilación moderna es opciones. Maximizar las opciones disponibles cuando uno se jubila tiene un valor incalculable. Cuanto mayor sea el fondo, mayor libertad para decidir: seguir trabajando o no, invertir en cuidados de salud si hace falta, o ayudar a hijos y nietos. Y esa libertad no se construye a última hora.
Por eso, las decisiones de ahorro e inversión deberían estar orientadas a mantener el mayor número de puertas abiertas durante la fase de disposición del patrimonio. Y hay que pensarlo con tiempo: si uno espera a estar cerca de la jubilación, puede ser tarde y muchas alternativas dejan de estar disponibles o son más costosas de activar. Además, la jubilación obliga a ponderar objetivos que pueden competir entre sí: por ejemplo, aceptar una herencia menor a cambio de una mayor flexibilidad financiera para el propio bienestar. Puede que hoy no estén definidos todos los objetivos con precisión, pero hay una certeza simple: necesitaremos recursos.
¿Cómo debe reflejar mi estrategia de inversión los riesgos de la fase de desacumulación durante la fase de acumulación?
Mucha gente entiende que ahorrar para la jubilación exige diversificación: combinar activos con comportamientos distintos e incluir instrumentos que, en conjunto, sostengan el proyecto a largo plazo. Ahora bien, la desacumulación conlleva riesgos diferentes y menos conocidos. Uno de los más relevantes es que disponer dinero durante caídas de mercado puede tener efectos devastadores sobre la sostenibilidad del patrimonio; por eso, conviene mitigar ese riesgo.
Del mismo modo, las disposiciones no tienen por qué ser fijas durante toda la jubilación. El gasto suele alcanzar su punto álgido al principio —viajes, ocio, proyectos aplazados— y puede disminuir más adelante. En cualquier caso, lo importante es entender que el patrón de gasto no es lineal y que la estrategia debe estar preparada para adaptarse.
De ahí que la trayectoria hacia la jubilación no pueda basarse únicamente en la edad. Debe vincularse a necesidades de gasto, cuidados crecientes de salud y responsabilidades familiares. Si amortizar hipoteca es una prioridad, conviene incorporar activos que puedan liquidarse con flexibilidad. Si preocupa la herencia, tiene sentido incluir activos más ilíquidos a largo plazo que aporten crecimiento de capital. En definitiva, una planificación eficaz requiere flexibilidad: para maximizar el tamaño del fondo lo antes posible y para gestionar la disposición cuando se acerque ese momento, atendiendo a las condiciones del mercado y al estilo de vida.
En definitiva, la longevidad no pide alarmismo; pide realismo. Si la jubilación puede durar treinta años, entonces planificarla es planificar una vida completa, no un epílogo. Y eso exige conectar mejor las dos etapas: acumular con inteligencia para poder desacumular con criterio. No se trata de adivinar el futuro, sino de prepararse para varios futuros posibles y conservar la capacidad de elegir. Al final, esa es la promesa de una buena planificación: que vivir más años también signifique vivirlos mejor.
Autor: Óscar Esteban – Responsable de negocio de Fidelity International para España y Portugal y autor de La revolución de la longevidad: Cómo prepararse para una nueva realidad, informe elaborado por Fidelity International en colaboración con la Fundación de Estudios del Instituto Español de Analistas.

