
El fin de la eficiencia como dogma
Durante décadas, la eficiencia fue el principio rector de las cadenas de suministro globales: costes bajos, producción just-in-time y especialización geográfica. El resultado fue un sistema extraordinariamente productivo, pero también frágil. Los inventarios se adelgazaron, los proveedores se concentraron y la dependencia de fuentes únicas se convirtió en la norma más que en la excepción. Hoy esa lógica se ha invertido: gobiernos, empresas e inversores sopesan la resiliencia con el mismo rigor con que antes perseguían la optimización.
Tres acontecimientos explican el giro. El ascenso de Xi Jinping en 2012, la primera presidencia de Trump (2017-2021) y la pandemia de 2020 combinaron sus efectos para acelerar el tránsito de una globalización basada en la eficiencia hacia un orden definido por la autonomía estratégica y la rivalidad geopolítica.
Xi abandonó la máxima de Deng Xiaoping de «ocultar las capacidades y esperar el momento oportuno» en favor de una postura más asertiva, centrada en la seguridad económica y la autosuficiencia tecnológica. Pekín ha concentrado sus esfuerzos en sectores considerados estratégicos —semiconductores, baterías, robótica— reduciendo dependencias externas mientras expande su influencia mediante alianzas e inversiones en el exterior.
Trump, por su parte, desmontó buena parte de las premisas que habían sostenido décadas de liberalización comercial. Aranceles y escrutinio sobre las cadenas de suministro críticas sustituyeron al libre comercio como eje de la política económica hacia China. La pandemia añadió una lección adicional: los sistemas más eficientes no son necesariamente los más robustos, y las ganancias logradas en tiempos normales pueden convertirse en vulnerabilidades cuando sobreviene una crisis.
La administración Biden no revirtió esta orientación, sino que la institucionalizó: mantuvo las restricciones tecnológicas, subsidió la producción nacional de semiconductores y tejió alianzas en torno a las cadenas de suministro consideradas críticas. El regreso de Trump ha profundizado esa misma trayectoria, con un énfasis renovado en preservar la primacía estadounidense en los planos económico, militar y tecnológico.
El resultado es un orden internacional fragmentado en bloques rivales, en un momento de cambio tecnológico sin precedentes. Cinco revoluciones —blockchain, inteligencia artificial, robótica humanoide, computación cuántica y una nueva generación de biotecnología— avanzan de forma simultánea y probablemente se refuercen entre sí. Cada una, por separado, bastaría para transformar industrias enteras; juntas, amenazan con alterar de forma radical mercados laborales y estructuras sociales.
A esta disrupción tecnológica se suma otra, de naturaleza demográfica. El envejecimiento poblacional, antaño problema casi exclusivo de las economías ricas, alcanza ya a mercados emergentes. China ilustra el fenómeno con mayor crudeza: se prevé que su población se reduzca en unos 600 millones de personas en las próximas décadas. Frente a ello, la migración se presenta como paliativo de corto plazo y, a la vez, como fuente de tensión social y política. Algunos países históricamente reacios a la inmigración apuestan en cambio por la robótica y la automatización como respuesta a la escasez de mano de obra.
Estrategia corporativa en la era del realineamiento geopolítico
El cambio ha sido una constante de la historia humana. Lo distintivo de este momento es su velocidad: gobiernos, empresas y hogares se enfrentan a una capacidad de adaptación puesta a prueba como pocas veces antes.
Avances tecnológicos, transiciones demográficas y reordenamientos geopolíticos obligan a revisar de forma continua los marcos institucionales. Directivos y analistas coinciden en que estas fuerzas ya no son periféricas: determinan modelos de negocio, beneficios, asignación de capital y solvencia crediticia. De ahí que el análisis financiero haya ampliado su enfoque. Más allá del tradicional binomio entre eficiencia y vulnerabilidad operativa, ha emergido un concepto más exigente: la fragilidad estratégica, es decir, el riesgo de que una ventaja competitiva se erosione por disrupciones tecnológicas, geopolíticas, regulatorias o de suministro. Lo contrario también es cierto: en este entorno pueden surgir nuevas ventajas con la misma rapidez. Con los ciclos de innovación acelerándose y el liderazgo industrial cambiando de manos a un ritmo inédito, ni el desempeño pasado ni la posición actual bastan como garantía. Los analistas evalúan ahora a las empresas por su posicionamiento estratégico, su opcionalidad, su adaptabilidad y su exposición tecnológica y logística.
Esta reevaluación ocurre en un mundo cada vez más segmentado en bloques geopolíticos, aunque todavía interdependiente. Los gobiernos priorizan la soberanía tecnológica y la resiliencia económica, respaldando a sus campeones nacionales mediante política industrial y, si es preciso, subsidios directos. Una nueva carrera inversora en tecnología estratégica, ciberseguridad y defensa está tensando las nociones convencionales de disciplina fiscal, mientras aranceles, controles a la transferencia tecnológica e incentivos al reshoring redefinen la política económica.
La contradicción es evidente: los consumidores exigen precios competitivos con independencia del origen de fabricación, aun cuando esos precios reflejen subsidios estatales o un exceso de capacidad capaz de erosionar la industria doméstica y crear dependencias duraderas. Simultáneamente, las empresas necesitan captar capital masivo para competir en este nuevo tablero, pero los mercados —obsesionados con el corto plazo— no siempre premian los horizontes de inversión que exige la reconstrucción de cadenas de suministro, el desarrollo tecnológico o la nueva infraestructura de inteligencia artificial. La pregunta relevante no es si las empresas saben pensar estratégicamente, sino si el sistema financiero actual puede sostener los plazos que esta era requiere.
Las multinacionales deben así equilibrar integración global y fragmentación geopolítica, entre eficiencia, resiliencia y flexibilidad estratégica. Su ambición de expandirse a mercados internacionales actúa, paradójicamente, como contrapeso a la propia fragmentación: preserva vínculos económicos que trascienden fronteras políticas, aunque esa misma exposición genera riesgos cada vez más difíciles de calibrar.
Ningún bloque es autosuficiente en los ámbitos que hoy importan —inteligencia artificial, semiconductores, energía, materiales estratégicos, talento—. Los gobiernos navegan así una tensión permanente: perseguir mayor autonomía sin renunciar a la cooperación que la interdependencia todavía exige, lo que se traduce en concesiones comerciales calculadas para asegurar recursos vitales y cerrar brechas tecnológicas.
En este marco, las empresas globales deben conciliar tres imperativos:
- Ofrecer productos y servicios competitivos, expandiéndose hacia mercados donde puedan crecer con eficacia.
- Asegurar el acceso fiable a insumos críticos, mediante relaciones sólidas con proveedores en localizaciones costo-eficientes y confiables.
- Alinear sus operaciones con las prioridades estratégicas y regulatorias de los gobiernos donde operan.
Cumplir los tres a la vez es cada vez más difícil. La eficiencia en costes puede chocar con la resiliencia de suministro; las políticas de seguridad nacional pueden desmontar modelos de negocio que hasta ayer funcionaban. A medida que la geopolítica se incrusta en la decisión económica, optimización comercial, resiliencia operativa y alineamiento político dejan de ser objetivos separados: se convierten en una sola ecuación.
Casos de estudio: la geoeconomía en la práctica
En este entorno multipolar, las empresas deben gestionar el riesgo geopolítico sin renunciar a las alianzas, inversiones y asociaciones que aseguran el acceso a mercados y fortalecen las cadenas de suministro. Los siguientes casos ilustran estrategias ajustadas a las condiciones que imponen diferentes bloques geopolíticos en varios sectores.
En el automóvil, los vínculos entre Estados Unidos y China vienen de lejos. La empresa conjunta de General Motors con SAIC en 1997 se convirtió en el modelo a seguir para los fabricantes occidentales que buscaban entrar en el mercado chino. Dos décadas después, la Gigafactoría de Tesla en Shanghái —inaugurada en 2018 como la primera planta automotriz de propiedad totalmente extranjera en el país— reflejó la apertura selectiva de Pekín en sectores clave a cambio de inversión y tecnología. Los europeos siguieron un camino similar. Las alianzas de Volkswagen con SAIC (1984) y FAW (1991) marcaron la pauta, mientras que BMW se asoció con Brilliance en 2003 para afianzarse en el segmento premium. Con el tiempo, el acceso al mercado dio paso a la cooperación tecnológica: Geely compró Volvo en 2010, y Volkswagen ha tejido alianzas con fabricantes chinos de vehículos eléctricos y software. Lo que empezó como transferencia unidireccional de tecnología es hoy un intercambio más equilibrado, reflejo del ascenso chino como potencia manufacturera e innovadora.
Recientemente Tesla ha multiplicado sus vínculos con China, pese a la creciente competencia de rivales locales (en enero de 2026, BYD la desplazó como mayor vendedor mundial de vehículos eléctricos). En el terreno de la conducción autónoma, un acuerdo con Baidu para acceder a licencias de navegación y mapas allanó el camino hacia el lanzamiento, en mayo de 2026, de su sistema FSD Supervisado en China, donde —a diferencia de Estados Unidos, que ya funciona por suscripción mensual— sigue vendiéndose con licencia permanente.
Estos acuerdos confirman que la cooperación comercial resiste incluso en plena rivalidad geopolítica, aunque los fabricantes norteamericanos y europeos lo hacen ya desde una posición más débil.
Los semiconductores cuentan una historia parecida. Qualcomm amplió su presencia en China mediante participaciones y acuerdos comerciales, incluida una empresa conjunta con SMIC y Huawei en 2015. En 2016 se asoció con el gobierno de Guizhou para desarrollar procesadores para centros de datos, y dos años más tarde firmó acuerdos plurianuales por más de 2.000 millones de dólares con Lenovo, Xiaomi, OPPO y vivo para suministrarles componentes de radiofrecuencia. Más recientemente trascendió un nuevo acuerdo con ByteDance para desarrollar chips de IA a medida: para Qualcomm, una vía de diversificación hacia la infraestructura de IA, más allá de su negocio tradicional de procesadores Snapdragon; para ByteDance, una forma de mejorar la eficiencia de la inferencia, abaratar costes operativos y reducir su dependencia de aceleradores escasos.
Por su parte, Apple está regionalizando su arquitectura tecnológica en vez de sostener un único ecosistema global de IA. Una eventual colaboración con ChangXin Memory Technologies (CXMT) y también con Yangtze Memory Technologies (YMTC), tal como se está planteando, reforzaría la cadena de suministro de Apple en uno de sus mercados clave, mientras que a estas compañías chinas, respaldadas por el gobierno al materializar la apuesta china por la autosuficiencia en semiconductores, le aportarían validación internacional y aceleraría su integración en las cadenas de valor globales.
Estos acuerdos confirman algo sencillo: incluso cuando la rivalidad entre Washington y Pekín se intensifica, los incentivos comerciales para la cooperación siguen siendo poderosos. Sin embargo, en esta industria la interdependencia también se ha tensado. Washington ha restringido repetidamente la exportación a China de los chips más avanzados de Nvidia, dentro de un esfuerzo mayor por contener a su rival tecnológico.
Las empresas estadounidenses responden también buscando crecimiento en otros bloques. La alianza de Nvidia en 2026 con el gobierno japonés y con SoftBank, Sony, Honda, Fanuc y Yaskawa Electric ilustra el cambio: la competencia ya no gira solo en torno a la superioridad de los chips o los modelos de IA, sino al control de la infraestructura nacional de IA. Al integrarse en el ecosistema industrial japonés y alinearse con las prioridades del METI, Nvidia reduce su exposición regulatoria y se reposiciona como proveedor integral de infraestructura, no solo de chips.
La expansión de la compañía taiwanesa TSMC en Estados Unidos apunta en la misma dirección: 100.000 millones de dólares adicionales para ampliar su planta de Arizona, con lo que la inversión total comprometida en el país llega a 265.000 millones. La operación encarece los costes, pero ofrece diversificación geográfica, estrecha vínculos con un mercado esencial y sirve al objetivo de Washington de reconstruir capacidad nacional de fabricación y reducir su dependencia de las cadenas asiáticas.
En Europa, los 5.000 millones de euros que Intel invierte en Irlanda responden a una lógica paralela: ampliar la huella manufacturera del continente, mantenerse cerca de clientes clave y beneficiarse de las políticas industriales europeas, al tiempo que la UE avanza hacia su propia soberanía tecnológica en un sector que considera vital para su seguridad económica.
El caso resume la tensión entre eficiencia global y control nacional de tecnologías estratégicas.
En el ámbito del almacenamiento de energía, en 2025, Tesla había firmado con China un contrato de 557 millones de dólares para construir la mayor estación de almacenamiento energético del país con baterías Megapack, en un momento en que Pekín buscaba estabilizar su red ante el avance de las renovables. En marzo de 2026 Tesla solicitó al Ministerio de Comercio chino permiso para importar equipos de fabricación solar por unos 20.000 millones de yuanes, dentro de un plan de 2.900 millones de dólares para reforzar su cadena de suministro solar; entre los proveedores candidatos figuran Suzhou Maxwell Technologies —el mayor fabricante mundial de equipos de serigrafía para celdas solares—, Shenzhen S.C New Energy Technology y Laplace Renewable Energy Technology.
Al mismo tiempo, los fabricantes chinos de baterías han ganado terreno en el mercado australiano de almacenamiento energético mediante una serie de alianzas comerciales. La más singular reúne a Nebula Electronics (China), ambibox GmbH (Alemania) y la australiana Red Earth Energy Storage, que desarrollaron conjuntamente el primer sistema residencial «todo en uno» del mundo, con paneles solares, batería y carga bidireccional para vehículos eléctricos. En paralelo, Sungrow ha reforzado su presencia mediante acuerdos de suministro con Raystech y de distribución con Supply Partners, mientras Trina Storage ha ampliado su huella en el país de la mano de la británica Pacific Green Energy Group, tras su proyecto conjunto en Limestone Coast North, en Australia del Sur.
La rivalidad tecnológica entre Estados Unidos y China ha encontrado un nuevo frente de batalla: la propiedad intelectual de los modelos de IA. En febrero de 2026, Anthropic denunció públicamente lo que calificó de campaña «a escala industrial» para extraer las capacidades de Claude, atribuida a tres laboratorios chinos —DeepSeek, Moonshot AI y MiniMax—, que habría empleado unas 24.000 cuentas fraudulentas para generar más de 16 millones de interacciones con el modelo. En junio, la compañía elevó el tono con una carta al Comité de Banca del Senado, acusando a Alibaba de perpetrar el mayor ataque de destilación conocido hasta la fecha contra Claude. La técnica en cuestión —entrenar un modelo más pequeño usando las respuestas de otro más grande como datos de entrenamiento— no es en sí misma ilegítima ni nueva: es habitual en el sector cuando se aplica sobre modelos abiertos. El problema surge cuando se usa sin autorización contra modelos propietarios protegidos por términos de servicio estrictos.
Al margen de la disputa legal, el terreno donde China avanza sin ambigüedad es el de la relación calidad-precio. Los modelos open-weight chinos —DeepSeek, Qwen (Alibaba), Kimi (Moonshot AI), GLM (Zhipu AI, que opera internacionalmente como Z.ai) y MiniMax— han cerrado gran parte de la brecha de rendimiento con la frontera occidental a una fracción del coste.
Por otra parte, Washington ha restringido el acceso desde el extranjero a algunos de los sistemas más avanzados de Anthropic —entre ellos Mythos y Fable 5— citando seguridad nacional y fuga tecnológica. La medida confirma una tendencia: tecnologías antes tratadas como productos comerciales se gestionan cada vez más como activos estratégicos, lo que acelera la fragmentación del panorama global de la innovación.
Apple, sin embargo, muestra el camino de la adaptación en lugar de confrontación. En China vende iPhones que usan modelos de IA locales, incluido Qwen de Alibaba, para cumplir con la normativa china sobre procesamiento de datos y aprobación de algoritmos, mientras compite con Huawei, Xiaomi y Oppo.
Donde los acuerdos resultan más sencillos es entre bloques no antagónicos, como Japón y Europa. Las conversaciones prospectivas entre Samsung y Mistral son ejemplo de ello: una valoración de unos 20.000 millones de euros situaría a la firma francesa entre las tecnológicas más valiosas de Europa, y para Samsung el atractivo va más allá del retorno financiero —el acceso a modelos fundacionales reforzaría un ecosistema que abarca teléfonos inteligentes, electrónica de consumo, semiconductores y servicios empresariales.
En conjunto, estos casos muestran que las multinacionales ya no pueden decidir dónde invertir, producir o asociarse basándose solo en el coste y la eficiencia: la competitividad depende hoy de saber moverse en la intersección entre mercados, tecnología, regulación y prioridades estratégicas nacionales. Pero también revelan algo más profundo: la interdependencia global sigue siendo notablemente resistente. En un mundo dividido pero interconectado, la globalización no ha muerto; simplemente se ha vuelto más compleja.

